
El fenómeno criminal no puede explicarse únicamente mediante la maldad individual, la debilidad policial o la ausencia de castigos
Cuando se habla del crimen organizado en México, el debate suele concentrarse en los delincuentes, los cárteles, las detenciones, los enfrentamientos y las estrategias de seguridad. La atención se dirige, comprensiblemente, hacia quienes cometen los delitos y hacia las autoridades encargadas de perseguirlos.
Sin embargo, una organización criminal que permanece durante años, obtiene recursos, controla territorios, recluta personal, establece relaciones con actores legales y logra sustituir a sus dirigentes cuando son detenidos no puede explicarse únicamente como una suma de conductas individuales. Estamos frente a un fenómeno social.
La sociología del crimen ayuda a observar aquello que las explicaciones exclusivamente jurídicas o policiales suelen dejar fuera: las relaciones sociales, los mercados, las comunidades, las instituciones, las desigualdades, las redes de protección, las formas de autoridad y los valores culturales que permiten que determinadas actividades criminales aparezcan, crezcan y se reproduzcan.
Esto no significa justificar el delito ni disminuir la responsabilidad de quienes lo cometen. Significa reconocer que perseguir a los responsables es indispensable, pero no suficiente para explicar por qué el crimen organizado ha adquirido tanta capacidad económica, territorial y política en algunas regiones de México.
El crimen como hecho social
Uno de los primeros sociólogos que propuso estudiar el delito como parte de la vida social fue Émile Durkheim. Para él, el crimen no era simplemente una anomalía que pudiera eliminarse por completo, sino un fenómeno presente, en distintas proporciones, en todas las sociedades.
Durkheim no sostenía que el delito fuera deseable. Su planteamiento consistía en que toda sociedad establece normas y, al hacerlo, define también cuáles conductas serán consideradas desviadas o criminales. El delito revela así los límites morales y normativos de una colectividad.
Esta perspectiva permite dar un primer paso importante: dejar de pensar el crimen únicamente como el resultado de individuos malvados y preguntarse qué condiciones sociales permiten que ciertas conductas se extiendan, se organicen y se conviertan en estructuras duraderas.
En México, esta pregunta resulta especialmente pertinente. El narcotráfico no surgió de manera espontánea ni se mantuvo durante décadas solamente por la audacia de algunos dirigentes. Se desarrolló dentro de relaciones económicas, territoriales, políticas y sociales específicas.
La organización criminal necesita personas que produzcan, transporten, vigilen, administren, informen, cobren, laven dinero, compren propiedades, consigan armas o establezcan contactos. Necesita también mecanismos internos de confianza, obediencia, castigo y distribución de beneficios.
Por eso, más que una agrupación ocasional de delincuentes, puede llegar a constituirse como una verdadera organización social.
La distancia entre las aspiraciones y las oportunidades
Robert K. Merton desarrolló una de las explicaciones clásicas sobre la relación entre estructura social y conducta desviada. Su teoría de la tensión señala que una sociedad puede promover intensamente determinadas metas —riqueza, éxito, reconocimiento o movilidad social— sin ofrecer a todas las personas los mismos medios legítimos para alcanzarlas.
Cuando existe una fuerte distancia entre las aspiraciones socialmente promovidas y las oportunidades realmente disponibles, algunos individuos pueden recurrir a medios ilegales.
Esta teoría ayuda a comprender una parte del reclutamiento criminal, pero debe aplicarse con cautela. La pobreza no produce automáticamente delincuencia. La inmensa mayoría de las personas que viven en condiciones difíciles no participa en actividades criminales.
Tampoco todos los integrantes del crimen organizado proceden de sectores marginados. Estas organizaciones requieren abogados, contadores, empresarios, especialistas financieros, técnicos, pilotos, servidores públicos corruptos y operadores con preparación profesional.
El valor de Merton no consiste en ofrecer una explicación única, sino en mostrar que el delito también puede relacionarse con contradicciones estructurales: sociedades que exaltan el éxito económico mientras distribuyen desigualmente los caminos legales para conseguirlo.
En ciertos territorios, el crimen organizado puede presentarse ante los jóvenes como una vía rápida de ingreso, reconocimiento, identidad y poder. Eso no elimina la decisión individual, pero permite comprender el contexto dentro del cual esa decisión se produce.
El delito también se aprende
Edwin Sutherland sostuvo que la conducta delictiva se aprende mediante la interacción con otras personas. Su teoría de la asociación diferencial cuestionó la idea de que el delincuente posea necesariamente una personalidad completamente distinta de la del resto de la sociedad.
Las técnicas para delinquir, las justificaciones, los códigos de conducta y las formas de interpretar la ley pueden transmitirse dentro de grupos cercanos.
Esta aproximación resulta útil para analizar comunidades donde las organizaciones criminales llevan años operando. El ingreso a una estructura delictiva no siempre ocurre por medio de un contacto lejano o excepcional. Puede producirse mediante amistades, familiares, compañeros, conocidos o redes laborales.
La organización criminal transmite conocimientos prácticos, pero también una visión del mundo. Enseña quién merece confianza, qué autoridades pueden ser compradas, qué conductas deben castigarse, cómo debe demostrarse la lealtad y de qué manera puede justificarse la violencia.
El crimen organizado, por tanto, no solamente recluta personas: también las socializa.
Territorios, instituciones y desorganización social
La Escuela de Chicago, especialmente a través de Robert Park, Ernest Burgess, Clifford Shaw y Henry McKay, estudió la relación entre territorio, debilitamiento comunitario y delincuencia.
La teoría de la desorganización social señaló que determinados espacios urbanos podían perder capacidad para establecer reglas compartidas, vigilar informalmente las conductas y proteger a sus integrantes. La movilidad constante, la fragmentación comunitaria, el deterioro institucional y la precariedad podían dificultar la organización colectiva.
Esta perspectiva tampoco debe entenderse como una afirmación de que las comunidades pobres sean naturalmente violentas. El punto central es otro: cuando las instituciones públicas son débiles, las organizaciones vecinales se encuentran fragmentadas y las personas no confían en la autoridad, resulta más difícil contener la expansión de actores armados.
En México existen regiones donde la presencia del Estado no ha desaparecido completamente, pero es desigual, insuficiente o contradictoria. Puede haber escuelas, oficinas gubernamentales, policías y autoridades municipales, mientras simultáneamente grupos criminales intervienen en mercados, resuelven disputas, imponen horarios, cobran cuotas o castigan conductas.
Por eso, algunos estudios contemporáneos advierten que la llamada gobernanza criminal no aparece exclusivamente donde el Estado está ausente. En ocasiones surge en territorios donde actores legales e ilegales coexisten, negocian, compiten o se reparten determinadas funciones. Investigaciones recientes en América Latina incluso han encontrado que la gobernanza criminal puede coexistir con distintos grados de presencia estatal. (Cambridge University Press & Assessment)
Las organizaciones criminales como redes
La imagen popular del cártel suele representar una estructura vertical, encabezada por un gran jefe que controla todas las operaciones. La realidad puede ser mucho más compleja.
Las organizaciones criminales pueden funcionar mediante redes flexibles de productores, transportistas, distribuidores, intermediarios financieros, servidores públicos corruptos, empresas legales y grupos armados. Algunos participantes mantienen relaciones permanentes; otros colaboran solamente en ciertas operaciones.
El concepto de capital social desarrollado por Pierre Bourdieu permite analizar el valor de estas relaciones. Para Bourdieu, los vínculos, contactos y pertenencias pueden convertirse en recursos. Una persona no dispone únicamente de dinero o propiedades; también puede beneficiarse de las redes de las que forma parte.
En una organización criminal, la confianza constituye un recurso decisivo. Debido a que sus integrantes no pueden recurrir libremente a contratos legales o tribunales para resolver sus diferencias, dependen de relaciones familiares, amistades, lealtades, reputaciones y mecanismos violentos de cumplimiento.
Pero no toda relación con el crimen organizado es voluntaria. Las redes también pueden construirse mediante amenazas, extorsiones, secuestros, subordinación económica y miedo. Por eso, el poder criminal combina capital económico, capital social y capacidad coercitiva.
El análisis de redes también ayuda a comprender por qué la detención de un dirigente no siempre destruye una organización. Si las conexiones financieras, territoriales y políticas permanecen activas, otros actores pueden ocupar su lugar. Además, la fragmentación de una gran organización puede generar numerosos grupos locales, más pequeños, menos disciplinados y, en algunos casos, más violentos.
Una investigación sobre la fragmentación criminal en México identificó más de 450 organizaciones activas entre 2009 y 2020 y sostiene que el escenario se ha caracterizado crecientemente por la presencia de grupos pequeños y locales, no únicamente por los grandes cárteles conocidos nacionalmente. (Cambridge University Press & Assessment)
Del negocio ilegal al sistema de poder
La sociología económica permite comprender que el crimen organizado participa en mercados. Las drogas, las armas, las personas traficadas, los combustibles robados, los minerales extraídos ilegalmente o las mercancías de contrabando tienen productores, intermediarios, transportistas, compradores, precios, rutas y mecanismos de financiamiento.
La ilegalidad no elimina el mercado. Lo transforma. Diego Gambetta, al estudiar a la mafia siciliana, mostró que ciertas organizaciones criminales no solamente venden mercancías ilegales, sino también protección. Ofrecen seguridad frente a amenazas que, en ocasiones, ellas mismas producen.
Esta idea es especialmente útil para comprender la extorsión y el cobro de piso. El grupo criminal exige un pago a cambio de permitir que una actividad económica continúe. No se limita a robar: establece una relación permanente de subordinación sobre comerciantes, productores, transportistas o empresarios.
En ese momento, la organización comienza a ejercer una forma de autoridad paralela. Decide quién puede trabajar, cuánto debe pagar, qué mercancías puede vender y qué consecuencias enfrentará si no obedece.
Algunas investigaciones sobre México hablan de gobernanza híbrida para describir situaciones en las que grupos criminales participan simultáneamente en actividades ilícitas, negocios legales, control territorial e intervención política. (SciELO)
Sin embargo, conviene no presentar a estas organizaciones como Estados completos o perfectamente organizados. Su control suele ser irregular, disputado, territorialmente limitado y dependiente de la violencia. Más que sustituir totalmente al Estado, pueden apropiarse de ciertas funciones, penetrar instituciones o aprovechar sus debilidades.
Estado, corrupción y captura institucional
Max Weber definió al Estado moderno por su pretensión de ejercer legítimamente el uso de la fuerza dentro de un territorio. El crimen organizado desafía esa pretensión cuando establece grupos armados capaces de imponer decisiones, castigos y reglas.
Pero la relación entre Estado y crimen no siempre adopta la forma de un enfrentamiento directo. Puede incluir corrupción, protección, tolerancia, infiltración, intercambio de información y captura de determinadas oficinas públicas.
Esto no significa afirmar que “el Estado” en su conjunto se encuentre al servicio del crimen. Una explicación sociológica más cuidadosa distingue entre niveles de gobierno, instituciones, regiones, periodos y actores específicos.
Puede haber autoridades que combatan a las organizaciones criminales, otras que sean amenazadas, algunas que colaboren con ellas y otras que simplemente carezcan de recursos para enfrentarlas.
La corrupción constituye un mecanismo fundamental porque permite transportar mercancías, evitar controles, obtener información, lavar recursos o neutralizar investigaciones. La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito señala que la corrupción facilita que las organizaciones criminales atraviesen fronteras, evadan la detección e infiltren instituciones estatales. (Track UNODC)
Los estudios de Guillermo Trejo y Sandra Ley sobre México han mostrado la importancia de las relaciones entre competencia política, instituciones locales, violencia criminal y control territorial. Su trabajo ayuda a comprender que las guerras criminales no se desarrollan fuera de la política, sino dentro de configuraciones institucionales concretas. (Cambridge University Press & Assessment)
La sociología y la ciencia política coinciden aquí en un punto esencial: una organización criminal se vuelve más poderosa cuando consigue convertir sus recursos económicos en influencia institucional.
Gobernanza criminal y búsqueda de legitimidad
Una organización criminal no puede gobernar un territorio durante mucho tiempo únicamente mediante asesinatos. La violencia puede producir obediencia inmediata, pero también genera rechazo, resistencia y denuncias.
Para disminuir esos riesgos, algunos grupos buscan establecer relaciones más complejas con la población. Pueden ofrecer empleos, entregar ayudas, financiar celebraciones, apoyar obras comunitarias, resolver conflictos o presentarse como defensores frente a organizaciones rivales.
Estas acciones no deben confundirse con solidaridad auténtica. Con frecuencia forman parte de una estrategia de control.
El caso de algunas organizaciones de Michoacán muestra cómo determinados grupos utilizaron discursos de identidad regional, promesas de seguridad, oportunidades económicas e inversión comunitaria para construir aceptación, al mismo tiempo que practicaban extorsiones, despojos y otras formas de violencia. (Cambridge University Press & Assessment)
El concepto de gobernanza criminal permite analizar estas situaciones. Se refiere a la capacidad de una organización delictiva para establecer reglas, regular comportamientos, resolver disputas o administrar parcialmente la vida social de un territorio.
No significa que toda la población respalde al grupo. Entre el apoyo y el rechazo existen muchas posiciones: miedo, dependencia, adaptación, silencio, conveniencia, resignación o resistencia.
La población no debe ser vista automáticamente como cómplice. En comunidades sometidas a un poder armado, muchas personas desarrollan estrategias para sobrevivir: evitan ciertos lugares, modifican horarios, guardan silencio, negocian permisos o limitan sus relaciones. Estudios sobre Monterrey y Medellín muestran precisamente la diversidad de respuestas comunitarias frente a la violencia criminal. (Cambridge University Press & Assessment)
Cultura, prestigio y representación del criminal
La sociología también estudia los significados culturales que rodean al delito.
Howard Becker explicó que la desviación no depende únicamente del acto cometido, sino también de los procesos sociales mediante los cuales ciertas personas son señaladas, clasificadas y tratadas como desviadas. Su teoría del etiquetamiento ayuda a comprender cómo las instituciones y la sociedad construyen determinadas imágenes del criminal.
En México, algunos estudios han advertido que el discurso sobre el crimen organizado suele emplear categorías morales —“los malos”—, jurídicas —“los delincuentes”— o políticas —“los enemigos”— que pueden simplificar fenómenos sociales complejos. (SciELO)
Esto no implica negar la gravedad de los delitos. Significa evitar que las etiquetas sustituyan al análisis.
Al mismo tiempo, dentro de ciertos entornos se construyen representaciones que presentan al narcotraficante como una figura de éxito, poder, riqueza, valentía o rebeldía. La música, las series, las redes sociales, la ropa, los vehículos y el lenguaje pueden contribuir a producir una estética del crimen.
Pero sería exagerado responsabilizar a una canción o a una serie de televisión por la existencia del narcotráfico. La cultura no actúa de manera automática. Su importancia consiste en que ofrece símbolos y relatos mediante los cuales algunas personas interpretan el poder criminal.
Pierre Bourdieu llamaría capital simbólico al prestigio o reconocimiento que permite que una posición de poder sea percibida como valiosa. En determinados contextos, el dinero criminal puede convertirse en reconocimiento social, admiración o influencia comunitaria.
La lucha contra el crimen organizado también es, por tanto, una disputa por los significados del éxito, la autoridad, el respeto y la pertenencia.
No existe una causa única
La principal aportación de la sociología quizá sea impedir las explicaciones demasiado sencillas. El crimen organizado en México no puede atribuirse únicamente a la pobreza, porque no todas las personas pobres delinquen y porque las redes criminales incorporan también a personas de sectores acomodados.
No puede explicarse solamente por la corrupción, aunque sin corrupción muchas operaciones serían considerablemente más difíciles.
No depende exclusivamente de la demanda estadounidense de drogas, aunque esa demanda ha sido decisiva para la formación de mercados extraordinariamente rentables.
Tampoco puede comprenderse únicamente mediante la debilidad del Estado, porque algunas organizaciones criminales actúan precisamente a través de instituciones existentes, actores económicos legales y autoridades específicas.
El fenómeno surge de la interacción entre mercados ilícitos, relaciones internacionales, desigualdades, redes sociales, capacidad organizativa, disponibilidad de armas, corrupción, impunidad, control territorial y construcción cultural.
La sociología no proporciona una fórmula que lo explique todo. Proporciona algo más útil: un conjunto de preguntas y herramientas para distinguir sus diferentes dimensiones.
Por qué las respuestas exclusivamente policiales son insuficientes
El uso legítimo de la fuerza, la investigación criminal, la detención de responsables y la protección de la población son obligaciones indeclinables del Estado.
La explicación sociológica no reemplaza a la seguridad pública. La complementa. Cuando una estrategia se limita a capturar dirigentes sin transformar las redes económicas, financieras e institucionales que sostienen a la organización, puede producirse una sucesión de liderazgos o una fragmentación criminal.
Cuando se combate la oferta de una mercancía ilícita sin considerar la demanda, las ganancias potenciales pueden atraer nuevos participantes.
Cuando se despliega fuerza pública sin fortalecer las instituciones locales, las comunidades pueden quedar nuevamente expuestas al retirarse los operativos.
Y cuando la prevención se reduce a ofrecer actividades sociales sin investigar el lavado de dinero, la extorsión, el tráfico de armas o la protección institucional, tampoco se desarticula el poder criminal.
Una política integral necesita combinar seguridad, justicia, inteligencia financiera, reducción de la impunidad, fortalecimiento municipal, protección comunitaria, oportunidades económicas y cooperación internacional.
Comprender antes de simplificar
La sociología del crimen ayuda a cambiar la pregunta. En lugar de limitarnos a preguntar quiénes son los delincuentes y cómo deben ser castigados, permite investigar cómo construyen sus organizaciones, de dónde obtienen sus recursos, cómo reclutan personas, qué relaciones establecen con la sociedad, cómo penetran instituciones y por qué pueden sobrevivir incluso después de perder a sus dirigentes.
Estudiar el crimen organizado como fenómeno social no significa normalizarlo. Significa comprender con mayor precisión aquello que se pretende combatir.
El caso mexicano exige superar tanto la narrativa de los grandes jefes todopoderosos como la explicación que atribuye toda la violencia a un gobierno, un partido o un periodo presidencial.
Las organizaciones criminales tienen historia, estructuras, mercados, territorios, redes, conflictos internos y relaciones con actores legales. No existen fuera de la sociedad, sino que se desarrollan dentro de ella y aprovechan algunas de sus contradicciones.
Por eso, la sociología del crimen puede aportar una mirada indispensable: muestra que detrás de cada organización delictiva existe un ecosistema social que hace posible su reproducción.
Desarticular ese ecosistema requiere policías y tribunales eficaces, pero también instituciones legítimas, comunidades protegidas, mercados legales accesibles, controles financieros, autoridades locales fortalecidas y una sociedad capaz de ofrecer formas de reconocimiento y movilidad distintas de las que promete el poder criminal.
Este artículo abre una serie dedicada a examinar esas dimensiones en el caso de México: el reclutamiento de jóvenes, las redes familiares y territoriales, la gobernanza criminal, la extorsión como sistema de control, la relación entre crimen y política, la cultura del narcotráfico, la fragmentación de las organizaciones y los límites de las estrategias centradas exclusivamente en la fuerza.
Comprender el crimen organizado no garantiza por sí mismo que pueda ser derrotado. Pero combatirlo sin comprender su naturaleza social reduce considerablemente las posibilidades de lograrlo.
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Bibliografía
Becker, Howard S. (2009). Outsiders. Hacia una sociología de la desviación. Buenos Aires: Siglo XXI Editores.
Bourdieu, Pierre (2001). Poder, derecho y clases sociales. Bilbao: Desclée de Brouwer.
Durkheim, Émile (2001). Las reglas del método sociológico. México: Fondo de Cultura Económica.
Gambetta, Diego (2007). La mafia siciliana. El negocio de la protección privada. México: Fondo de Cultura Económica.
Merton, Robert K. (2002). Teoría y estructura sociales. México: Fondo de Cultura Económica.
Trejo, Guillermo, y Ley, Sandra (2020). Votes, Drugs, and Violence: The Political Logic of Criminal Wars in Mexico. Cambridge: Cambridge University Press.










