¿Son los pobres más religiosos?

Persona sentada en soledad y en penumbra mientras, al fondo, un pequeño grupo conversa reunido en un espacio iluminado, como representación de la necesidad, la búsqueda y el encuentro con una comunidad.
Cuando la necesidad desborda los recursos personales, la religión puede aparecer no sólo como una promesa de esperanza, sino como una comunidad que recibe, acompaña y ofrece respuestas.

¿Por qué las sociedades pobres suelen ser más religiosas que las sociedades económicamente desarrolladas? La pregunta puede resultar incómoda porque parece conducir rápidamente a una explicación simplista: los pobres creen porque necesitan creer. Pero los datos muestran que existe un fenómeno real detrás de la pregunta, aunque su explicación es bastante más compleja.

Las grandes encuestas internacionales encuentran una relación consistente entre las condiciones de vida y la práctica religiosa. Un análisis del Pew Research Center realizado con información de más de cien países encontró que, en términos generales, donde existen mayor riqueza, escolaridad, esperanza de vida e igualdad económica también existen menores niveles de oración y asistencia a servicios religiosos. No estamos hablando solamente de personas que se declaran pertenecientes a determinada religión, sino de práctica religiosa efectiva.

Las diferencias pueden ser enormes. En los países estudiados del África subsahariana, un promedio de 79% de los adultos asistía semanalmente a servicios religiosos; en Europa, con excepción de Polonia, ningún país superaba 25% y varios se encontraban por debajo de 10%. En América Latina, 62% decía orar diariamente, frente a menos de una cuarta parte en el país europeo promedio. Entonces este estudio demuestra que la correlación existe. Ahora la pregunta interesante es por qué.

Más que pobreza, necesidad

Pippa Norris y Ronald Inglehart han desarrollado una explicación alrededor del concepto de seguridad existencial. Su propuesta, sustentada en estudios internacionales de valores, sostiene que la religiosidad tiende a mantenerse con mayor fuerza entre poblaciones vulnerables, mientras que las prácticas, valores y creencias religiosas tienden a erosionarse entre sectores más prósperos de sociedades desarrolladas.

Esto permite mirar la pobreza de otra manera, porque ser pobre no provoca necesariamente que alguien crea en Dios, sino lo que hace la pobreza es concentrar necesidades e inseguridades.

La enfermedad resulta más amenazante cuando no tenemos acceso adecuado a servicios médicos. Perder el trabajo resulta más grave cuando no tenemos ahorros. La vejez provoca mayor incertidumbre cuando no existe una pensión suficiente. Un problema familiar resulta más difícil cuando no tenemos acceso a redes profesionales o institucionales de apoyo.

Es entonces cuando aparece la oferta religiosa. No todas las expresiones religiosas ofrecen lo mismo ni lo hacen de la misma manera. Y posiblemente ahí se encuentre una de las explicaciones del extraordinario crecimiento que han tenido las iglesias pentecostales y neopentecostales en muchos sectores populares de América Latina.

Una persona llega con un problema y encuentra una respuesta concreta: Dios puede sanarte, puede liberarte del alcohol, puede restaurar tu matrimonio, puede ayudarte económicamente, puede cambiar tu vida.

La promesa no está colocada exclusivamente en la vida eterna. La oferta comienza aquí y ahora.

No solamente una promesa

Pero reducir el fenómeno a la promesa de un milagro sería insuficiente. Muchas de estas comunidades ofrecen simultáneamente algo extraordinariamente importante: una comunidad. El recién llegado encuentra personas que conocen su nombre, alguien lo invita a regresar, otro miembro cuenta que atravesó una situación semejante, el pastor se convierte en una figura identificable y accesible, si alguien comienza a recuperarse de una adicción, la comunidad celebra sus avances, y deja de asistir, probablemente alguien pregunte por él.

Diversos estudios sobre las conversiones pentecostales en América Latina muestran que la incorporación a estas iglesias no depende solamente de lo que se predica, sino que también tiene un peso importante la red de relaciones que se forma alrededor de la persona: familiares, amigos, otros creyentes y miembros de la congregación que la invitan, la reciben, la acompañan y favorecen su permanencia en la comunidad.

Esto produce un fenómeno sociológicamente fascinante. Si una persona afirma que Cristo la liberó del alcohol, el sociólogo, sin necesidad de negar esa interpretación religiosa, puede observar simultáneamente que aquella persona cambió de amistades, encontró una nueva identidad, adquirió disciplina, comenzó a ocupar sus noches en actividades comunitarias, recibió reconocimiento y encontró personas que la sostuvieron durante su recuperación.

La explicación religiosa y la explicación sociológica no necesariamente tienen que excluirse. Incluso existen estudios sobre pentecostalismo latinoamericano que relacionan directamente enfermedad, pobreza, crisis y conversión. 

Para ejemplificar lo anterior, investigaciones realizadas en Brasil han encontrado que la pobreza y la enfermedad pueden crear condiciones favorables para determinadas ofertas pentecostales de sanación y liberación, aunque por sí mismas no bastan para producir una conversión. La crisis concreta y la percepción de haber recibido una respuesta resultan fundamentales.

El rico también puede necesitar

Aquí encontramos una razón para no reducir nuestra lectura a la conclusión simplista de “los pobres son más religiosos”.

Pensemos en una persona famosa, económicamente próspera, cuya vida termina dominada por el alcohol o las drogas. Tiene dinero, vivienda, reconocimiento y quizá acceso a los mejores médicos. Sin embargo, puede sentirse completamente rota. En términos económicos no es pobre, pero en relación con aquello que en ese momento domina su existencia, está profundamente necesitada.

Entonces puede producirse exactamente la misma secuencia de eventos: necesidad, oferta religiosa, esperanza, comunidad y práctica.

Esto permite formular nuestra hipótesis de manera más amplia: la necesidad humana puede crear condiciones favorables para la práctica religiosa cuando encuentra una oferta que el individuo percibe como capaz de responder a aquello que necesita.

La pobreza tiene enorme importancia porque produce necesidades múltiples, frecuentes y persistentes, pero no es la única necesidad humana.

El desafío del catolicismo

Esto también puede ayudarnos a comprender algunas dificultades de la Iglesia católica frente al crecimiento neopentecostal. 

El catolicismo posee una inmensa tradición de atención al pobre, al enfermo, al preso, al migrante y al necesitado, por lo que no sería correcto afirmar que solamente ofrece una recompensa después de la muerte, sin embargo, existe una diferencia entre lo que una religión contiene doctrinalmente y la oferta que percibe quien llega buscando ayuda.

Una parroquia puede ofrecer sacramentos, oración, reconciliación y esperanza, pero no necesariamente una comunidad estrecha de acompañamiento. Es perfectamente posible asistir durante años a una misa dominical sin conocer a quienes se sientan alrededor. También es posible dejar de asistir sin que nadie advierta nuestra ausencia.

El movimiento carismático católico ha incorporado elementos que disminuyen esa distancia: grupos pequeños, oración espontánea, testimonios, sanación, alabanza y una experiencia religiosa más emocional. Pero frecuentemente continúa faltando aquello que muchas comunidades evangélicas pequeñas construyen con particular eficacia: una comunidad que conoce, acompaña y sostiene.

No estamos determinando cuál propuesta religiosa es verdadera. Estamos observando cuál puede resultar más eficaz frente a determinadas necesidades.

También envejecemos

Hay otro dato que encaja parcialmente en esta lectura. Los jóvenes suelen presentar menores niveles de práctica religiosa que los adultos mayores. En un análisis internacional de Pew, sobre diferentes indicadores como afiliación, importancia concedida a la religión, oración y asistencia al culto, en numerosos países los menores de 40 años resultaron menos religiosos que los mayores. 

Por supuesto que parte de la diferencia puede deberse a que los adultos mayores fueron educados en generaciones más religiosas, pero puede influir que acercarse a la muerte vuelve más religiosas a las personas. Los propios investigadores advierten sobre la dificultad de separar el efecto del envejecimiento del efecto generacional.

Un joven sabe que algún día morirá. Para una persona de edad avanzada, la muerte puede convertirse progresivamente en una realidad cercana. Y frente a ella existe una pregunta para la cual ni la riqueza, ni la medicina, ni los seguros, ni el Estado de bienestar ofrecen una respuesta equivalente a la religiosa.

La medicina puede prolongar la vida y aliviar el sufrimiento, pero no puede ofrecer vida después de la muerte.

Cuando las necesidades están satisfechas 

Llegamos entonces a una pregunta diferente de aquella con la que comenzamos. Quizá no deberíamos preguntarnos solamente por qué los pobres son más religiosos, sino qué sucede con la práctica religiosa cuando las necesidades humanas se encuentran satisfechas.

Imaginemos una sociedad donde existen buena atención médica, vivienda, alimentación, seguridad, educación, empleo, pensiones suficientes y redes eficaces de apoyo psicológico y social. Se han reducido considerablemente las necesidades para cuya solución alguna vez recurrimos a Dios. ¿Qué ocurre entonces con la práctica religiosa?

Los datos internacionales sugieren que la práctica religiosa suele disminuir, pero eso no demuestra que toda fe proceda de la necesidad. Una persona puede creer profundamente en Dios sin esperar que Dios le consiga trabajo, le proporcione dinero o la sane de una enfermedad.

La necesidad parece constituir un poderoso motor de la práctica religiosa. Y las religiones capaces de presentar respuestas concretas, próximas y comprensibles ante necesidades específicas parecen encontrarse en mejores condiciones para atraer y conservar practicantes.

Eso ayuda a comprender por qué la religión encuentra terreno particularmente fértil entre los pobres, pero también por qué puede irrumpir súbitamente en la vida de alguien rico cuando todo aquello que parecía darle seguridad deja de funcionar.

Quizá la pregunta más profunda no sea por qué buscamos a Dios cuando lo necesitamos. Lo verdaderamente inquietante es: ¿buscaríamos a Dios si no necesitáramos nada de Él?

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