¿Tenemos el deber moral de apoyar al migrante? Una pregunta difícil

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Ilustración minimalista a lápiz de un camino que se divide en dos direcciones frente a un poste sin señales, representando la decisión humana de permanecer o migrar.
La decisión de migrar no solo implica cruzar una frontera. También plantea preguntas sobre la pertenencia, la comunidad, la responsabilidad y los fundamentos éticos de la solidaridad.

La reciente crisis migratoria en Ceuta abre una pregunta que puede parecer políticamente incorrecta: ¿la sola condición de migrante genera una obligación moral o antes debemos comprender qué tipo de movilidad humana tenemos delante?

Las imágenes de miles de personas intentando llegar a Ceuta desde las costas de Marruecos provocaron, como suele ocurrir, una oleada de llamados a la solidaridad, al reforzamiento de las fronteras y al debate político entre España, Marruecos y la Unión Europea. Sin embargo, detrás de la noticia apareció un tema inevitable.

La cuestión adquirió especial relevancia cuando la comparamos con América Latina. Mientras hay regiones del mundo donde las personas abandonan su país para escapar de guerras, hambrunas o persecuciones, en buena parte de México y Centroamérica la migración responde con frecuencia a otra realidad: el deseo de alcanzar mejores oportunidades económicas, construir un patrimonio o acceder a un nivel de vida que parece inalcanzable en el lugar de origen.

Esa comparación nos lleva a preguntarnos si todas las migraciones son moralmente equivalentes y si la sola condición de migrante basta para generar una obligación especial de solidaridad.

Cada vez que una nueva crisis migratoria ocupa las portadas de los medios, el debate público parece comenzar siempre en el mismo punto: la idea, ampliamente aceptada, de que existe una obligación moral de recibir, proteger y asistir a quienes caminan miles de kilómetros con el propósito de cruzar una frontera. 

Quien cuestiona esa obligación suele ser acusado de insensibilidad o incluso de xenofobia. Quien la defiende, en cambio, parece no necesitar mayores explicaciones. Se da por sentado que el migrante es sujeto de una consideración moral especial.

Sin embargo, pocas veces nos detenemos a formular una pregunta previa, quizá la más importante de todas: ¿por qué debemos apoyarlos?

No se trata de preguntar por qué debemos respetar la dignidad de toda persona. Esa respuesta parece suficientemente clara. Toda persona merece respeto por el simple hecho de ser persona, independientemente de su nacionalidad, condición jurídica o historia personal.

La pregunta es otra. ¿Por qué el hecho de convertirse en migrante genera, por sí mismo, una obligación moral específica en los demás? La respuesta parecería obvia a menos que intentemos construirla con rigor.

A partir de esa pregunta descubrimos que quizá damos por sentadas muchas respuestas sin haber examinado antes los conceptos sobre los que descansan. El caso de Ceuta terminó siendo, más que una noticia internacional, el punto de partida para una reflexión filosófica sobre la migración, sus fundamentos éticos y las obligaciones que genera tanto para quienes migran como para las sociedades que los reciben.

La palabra “migrante” dice menos de lo que creemos

Durante esta reflexión descubrimos una dificultad inesperada: la palabra migrante reúne realidades profundamente distintas.

No es lo mismo quien huye de un genocidio que quien acepta un empleo en otro país. No es lo mismo quien abandona su hogar para salvar la vida que quien busca mejorar su patrimonio. No es lo mismo un refugiado político que un profesionista contratado por una empresa internacional.

Todos cruzan fronteras, todos cambian de país, todos pueden ser llamados migrantes. Pero sería difícil sostener que todas esas decisiones poseen exactamente el mismo significado moral.

Quizá el primer error consista precisamente en hablar del “migrante” como si se tratara de una sola categoría ética. No lo es. La migración es apenas una descripción de un desplazamiento humano.

La dignidad no depende de la migración

Existe un segundo error igualmente frecuente. Con frecuencia se confunde la dignidad de la persona con la legitimidad de su decisión de migrar, pero son cuestiones distintas.

Una persona conserva íntegramente su dignidad aunque haya tomado una mala decisión. Si alguien queda atrapado en una montaña por una imprudencia, el deber de rescatarlo no desaparece porque su decisión haya sido equivocada. La obligación de auxiliar nace de la dignidad de la persona, no necesariamente de la corrección de sus actos.

Con la migración puede ocurrir algo semejante. Socorrer a un migrante en peligro no implica que toda migración quede automáticamente justificada desde el punto de vista moral.

El gran vacío del debate contemporáneo

Durante décadas se ha desarrollado una ética de la acogida. Organizaciones humanitarias, iglesias, organismos internacionales y numerosos gobiernos han reflexionado ampliamente sobre cómo debe tratarse a quien se traslada a otro país o ya está en él.

Pero casi nadie parece preguntarse algo anterior: ¿qué hace moralmente legítima la decisión de abandonar una comunidad política para establecerse en otra? No es una pregunta jurídica, más bien es filosófica.

Por eso preguntase sobre la legitimidad de abandonar una familia, una ciudad y un país resulta incómodo, porque obliga a distinguir que no toda movilidad humana constituye el mismo fenómeno.

No es lo mismo quien huye de una guerra que quien escapa de una dictadura. No es lo mismo quien abandona su país porque literalmente no puede alimentar a su familia que quien busca un mejor salario. No es igual quien pretende comprar una casa que quien cruza la frontera durante tres meses para reunir dinero y regresar a su pueblo.

Todos realizan un desplazamiento internacional, pero ¿todos realizan el mismo acto moral? Difícilmente. Entonces la pregunta deja de ser si debemos apoyar “al migrante” y se convierte en qué clase de movilidad humana tenemos delante?

La causa tampoco basta

Podría pensarse que el criterio está en las causas, pero tampoco resulta suficiente. Supongamos que un trabajador del aguacate en Michoacán pierde su trabajo por la violencia del crimen organizado. ¿Por qué decide emigrar a Estados Unidos y no trasladarse a Monterrey, Querétaro o cualquier otra región de México donde también existen oportunidades?

La falta de empleo explica el deseo de salir, más no explica el destino elegido de la misma manera que tampoco explica el momento en que decide partir. La migración parece responder a algo más complejo que una simple cadena de causas económicas.

El ambiente migratorio

Quizá uno de los conceptos más sólidos para explicar el fenómeno migratorio es el cultural. En algunas comunidades la migración no ha sido una solución excepcional a los diferentes problemas sino que más bien ha sido en un proyecto normal de vida.

En otras palabras, no se emigra necesariamente porque exista hambre extrema, tampoco necesariamente porque exista persecución política, más bien la explicación de la migración es porque el horizonte colectivo comienza a construirse en otro país.

Familiares que ya emigraron, vivir muy cerca de las remesas que llegan a familiares o amigos, los relatos de éxitos que circulan en las comunidades, los comentarios e imágenes en las redes sociales, la cercanía con algunos intermediarios que facilitan el cruce de fronteras, las expectativas compartidas, todo ello puede contribuir a que la migración deje de verse como la última alternativa y pase a convertirse en una de las primeras.

El factor cultural no muestra ninguna conspiración, pero sí obliga a preguntarnos si las grandes corrientes migratorias pueden comprenderse únicamente desde las condiciones económicas.

Una pregunta que permanece abierta

Los diferentes artículos, libros y mesas de discusión no han  concluido con un criterio objetivo que permita afirmar con absoluta claridad cuándo una migración adquiere una justificación moral suficiente y cuándo no.

Pero tampoco podemos afirmar que toda migración, por el simple hecho de existir, genere automáticamente una obligación moral especial, específicamente con el fenómeno migratorio en América Latina, pues no podemos valorar de la misma manera el fenómeno de migración en México o Guatemala que en Haití, Sudán o Somalia.

En América Latina quizá el problema no consista en elegir entre apoyar o rechazar al migrante.

Quizá el verdadero desafío sea construir una filosofía de la migración que todavía parece incompleta.

Una filosofía capaz de distinguir entre el deber de respetar incondicionalmente la dignidad de toda persona y la necesidad de analizar críticamente las distintas formas de movilidad humana.

La dignidad puede ser universal, pero las migraciones no parecen ser moralmente equivalentes. Y mientras no distingamos unas de otras, seguiremos respondiendo con consignas a preguntas que exigen reflexión.

Conviene hacer una aclaración para evitar una interpretación equivocada de esta reflexión. Plantear estas preguntas no significa justificar la xenofobia, promover el rechazo a las personas migrantes ni negar la dignidad que corresponde a todo ser humano. Toda persona merece respeto, protección frente a la violencia y un trato conforme a los derechos humanos.

Lo que este artículo pone en discusión es otra cuestión: cuáles son los fundamentos éticos de la obligación de recibir, apoyar o priorizar a quienes llegan desde otro país, y cómo esa obligación debe armonizarse con las responsabilidades que cada sociedad tiene hacia sus propios ciudadanos. 

Formular esta pregunta no es un acto de hostilidad; es un ejercicio legítimo de reflexión moral. Precisamente porque el fenómeno migratorio tiene profundas implicaciones humanas, sociales, económicas y políticas, merece ser analizado con serenidad, sin prejuicios, pero también sin convertir determinados postulados en verdades incuestionables.

En este artículo no podemos llegar a una conclusión, sino iniciar una investigación filosófica. No pretendo resolver el fenómeno migratorio ni cuestionar la dignidad de quienes migran. El propósito es más modesto y, al mismo tiempo, más exigente: señalar que antes de afirmar deberes morales específicos hacia “el migrante”, quizá debamos examinar con mayor rigor qué entendemos por migración y si todas las formas de ella poseen el mismo significado ético. 

Ese vacío conceptual, más que una respuesta definitiva, es la invitación a seguir pensando.

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