
Hace aproximadamente 2,500 años, Heráclito de Éfeso observó algo que continúa resultando extraordinariamente actual: la realidad se encuentra en permanente transformación. Nada permanece exactamente como era. Todo está ocurriendo, modificándose, convirtiéndose en otra cosa.
Suele resumirse su pensamiento mediante la expresión «todo fluye». También mediante la conocida imagen del río: no entramos dos veces en exactamente las mismas aguas porque, cuando volvemos, otras aguas están pasando. Pero tampoco nosotros somos exactamente los mismos que entramos la primera vez.
Puede parecer una reflexión demasiado abstracta hasta que dejamos los libros de filosofía y nos miramos a nosotros mismos.
Somos los mismos, sin embargo ya no somos iguales
Una fotografía tomada hace cuarenta o cincuenta años plantea una pregunta formidable. Reconocemos inmediatamente a la persona retratada: «ése soy yo». Sin embargo, aquel cuerpo ha cambiado profundamente. Buena parte de sus células y de la materia que las constituye se ha renovado. El rostro es diferente. Las experiencias acumuladas han modificado nuestra manera de pensar. Algunas convicciones permanecieron; otras desaparecieron.
Hemos olvidado acontecimientos que entonces parecían importantes y conservamos otros aparentemente insignificantes, y, pese a todo, decimos sin vacilar: soy yo. No somos iguales a quienes fuimos, pero seguimos siendo nosotros.
La paradoja permite comprender mejor la intuición de Heráclito. Quizá la permanencia no consista en conservar intactos nuestros componentes, sino en mantener una continuidad a través de sus transformaciones.
Sucede también con un río. Sus aguas cambian constantemente; sus orillas se erosionan; el cauce puede modificarse y su caudal aumentar o disminuir. Sin embargo, continúa siendo el mismo río porque existe una continuidad entre lo que fue ayer y lo que es hoy.
Nuestra identidad parece poseer algo semejante, aunque mucho más complejo. Hay una continuidad corporal, pero también psicológica, afectiva y biográfica. Somos nuestra historia, nuestros vínculos, nuestros recuerdos, nuestras decisiones y las consecuencias que éstas han producido.
También cambia aquello que creemos permanente
La perspectiva de Heráclito resulta especialmente útil para observar nuestra realidad cotidiana.
Cambian las familias, las ciudades, las costumbres, las instituciones, las religiones, el lenguaje, las relaciones laborales, las tecnologías y nuestras maneras de comunicarnos. Algunas transformaciones ocurren tan lentamente que no alcanzamos a percibirlas mientras suceden. Otras irrumpen con tal velocidad que nos desconciertan.
Quienes hemos vivido varias décadas podemos comprobarlo con especial claridad. Hemos conocido diferentes maneras de comprar, trabajar, viajar, informarnos y relacionarnos. Objetos que parecían indispensables desaparecieron. Costumbres que considerábamos normales dejaron de serlo. Tecnologías que pertenecían a la ciencia ficción forman hoy parte de nuestra vida cotidiana.
Pero existe una tentación: pensar que el mundo de nuestra juventud era estable y que es el presente el que comenzó a cambiar aceleradamente. No es así. También aquel mundo era río y nosotros estábamos dentro de él.
Nuestros padres y abuelos experimentaron sus propias transformaciones y seguramente algunas les parecieron tan desconcertantes como a nosotros las actuales.
Comprender esto no significa aceptar que todo cambio sea bueno. Heráclito no nos obliga a celebrar cualquier transformación. Las sociedades pueden avanzar en algunos aspectos y retroceder en otros. Podemos construir instituciones más justas y también destruirlas; desarrollar tecnologías capaces de mejorar millones de vidas y utilizarlas para perjudicar a otros.
Precisamente ahí aparece una cuestión que lleva la reflexión sobre el cambio al terreno de la ética.
Cambiamos, pero seguimos siendo responsables
Si ya no somos exactamente quienes fuimos hace veinte, cuarenta o sesenta años, ¿seguimos siendo responsables de lo que hicimos entonces?
Naturalmente que sí. Podemos haber cambiado de ideas y reconocer que determinada decisión fue equivocada. Podemos arrepentirnos, reparar en alguna medida sus consecuencias o interpretar nuestro pasado de una manera distinta. Pero no podemos decir que aquel que actuó era otra persona simplemente porque nosotros hemos cambiado. Decimos: «eso lo hice yo», porque el devenir no elimina la responsabilidad.
Y lo que vale para una persona puede ayudarnos también a pensar la sociedad. Somos producto de innumerables procesos que no escogimos. Nadie decide en qué época nacer, qué lengua escuchar primero, qué acontecimientos históricos encontrará ni qué transformaciones tecnológicas ocurrirán durante su vida.
Somos, en buena medida, producto del cambio, pero también somos productores del cambio. Nuestras decisiones modifican aquello que viene después. Educamos a una generación, construimos instituciones, creamos empresas, elegimos maneras de producir y consumir, desarrollamos tecnologías, conservamos o destruimos recursos, formamos familias y comunidades, participamos en la construcción de una determinada cultura.
No controlamos el río, pero tampoco somos simplemente objetos arrastrados por la corriente.
La filosofía regresa a la vida cotidiana
Tal vez éste sea uno de los grandes valores de la filosofía: descubrir que preguntas formuladas hace 2,500 años continúan escondidas en acontecimientos aparentemente ordinarios.
Heráclito aparece cuando contemplamos una fotografía antigua y nos preguntamos qué queda de aquella persona. Está presente cuando descubrimos que nuestra ciudad ya no es la que conocimos. Cuando nuestros hijos o nietos viven de una manera que habría resultado difícil imaginar algunas décadas atrás. Cuando una nueva tecnología modifica nuestras costumbres. Cuando una institución que parecía permanente comienza a transformarse. Y también cuando nosotros mismos descubrimos que pensamos de manera diferente a como pensábamos años atrás.
La filosofía deja entonces de ser una colección de pensamientos antiguos y se convierte en una herramienta para mirar. Heráclito nos ayuda a comprender que nada puede entenderse plenamente observando solamente lo que es; necesitamos observar también de dónde viene y en qué se está convirtiendo.
Pero nuestra condición humana añade una pregunta inevitable. No somos piedras contemplando el paso del río. Tenemos conciencia, capacidad de decisión y responsabilidad. Participamos, aunque sea modestamente, en la construcción de aquello que todavía no existe.
Por eso, ante un mundo que cambia, quizá no sea suficiente preguntarnos: ¿En qué nos estamos convirtiendo? Hay otra pregunta que necesariamente debe acompañarla: ¿Qué estamos haciendo nosotros para convertirnos en eso?
Entre ambas preguntas se encuentra buena parte de nuestra responsabilidad personal y colectiva. Hace 2,500 años Heráclito contempló el río. Nosotros seguimos dentro de él.










