México y Estados Unidos: dos formas de entender el voto

Ilustración conceptual de una multitud observando una balanza. En un lado aparecen ciudadanos y el mapa de México; en el otro, instituciones y el mapa de Estados Unidos dividido en estados. La imagen representa el debate entre la representación de las personas y la representación de los estados en una democracia.
La imagen simboliza dos formas de entender la democracia: una que pone el énfasis en la igualdad política de los ciudadanos y otra que busca equilibrar el peso de los ciudadanos con el de las entidades que integran una federación.

México y Estados Unidos son democracias y federaciones, pero su historia los llevó a entender de manera distinta la relación entre ciudadanos, estados y representación política. Comprender esa diferencia ayuda a explicar por qué ambos países eligen a sus presidentes de formas tan distintas.

Cuando observamos las elecciones presidenciales de Estados Unidos desde México, es común experimentar una cierta extrañeza.

La razón es sencilla. Muchos mexicanos descubren con sorpresa que el presidente estadounidense no siempre es el candidato que obtiene más votos ciudadanos. Esto es así porque el sistema del Colegio Electoral permite que, en determinadas circunstancias, un candidato alcance la presidencia aun cuando su rival haya recibido más sufragios a nivel nacional.

Para quien ha crecido en una cultura política donde el principio es que gana quien obtiene más votos, la pregunta surge de manera natural: ¿Cómo puede considerarse democrático un sistema donde la mayoría de los ciudadanos puede preferir a un candidato y ganar otro?

Durante mucho tiempo pensé que esa pregunta bastaba para cuestionar profundamente el modelo estadounidense. Sin embargo, al intentar comprender mejor la historia de ese país, la reflexión comenzó a cambiar. No porque desaparezcan las preguntas, sino porque aparece un contexto que ayuda a entender por qué el sistema fue construido de esa manera.

Una diferencia histórica fundamental

México y Estados Unidos son federaciones. Ambos están integrados por estados con gobiernos propios, congresos locales y facultades constitucionales. Sin embargo, la palabra “estado” no significa exactamente lo mismo en ambos países.

En México, las diferencias entre entidades federativas son principalmente culturales, económicas y administrativas. Un habitante de Puebla puede sentirse orgullosamente poblano y un habitante de Tlaxcala profundamente tlaxcalteca, pero cuando llega una elección presidencial la mayoría de los ciudadanos se conciben ante todo como mexicanos. 

En México la elección presidencial es entendida como una decisión nacional. Por ello resulta natural que el voto de un tlaxcalteca valga exactamente lo mismo que el de un poblano, un sonorense o un yucateco. La lógica es sencilla: un ciudadano es un voto.

En Estados Unidos la historia fue distinta. La unión estadounidense nació a partir de estados que durante mucho tiempo se concibieron a sí mismos como comunidades políticas con identidad propia y con amplios márgenes de autonomía.

De hecho, una de las preguntas más importantes de la historia estadounidense fue si la unión debía entenderse como una nación indivisible o como una asociación de estados que conservaban una soberanía significativa.

La propia Guerra Civil fue, entre muchas otras cosas, una expresión dramática de esa tensión. Por ello, muchas de las instituciones estadounidenses fueron diseñadas no sólo para representar ciudadanos, sino también para proteger el papel político de los estados dentro de la federación.

El Colegio Electoral visto desde otra perspectiva

Desde esta perspectiva, el Colegio Electoral deja de parecer una simple anomalía democrática y empieza a verse como una respuesta histórica a un problema concreto.

Los fundadores estadounidenses se preguntaban cómo construir un gobierno común sin que los estados menos poblados quedaran completamente subordinados a los más grandes. Su solución fue crear un sistema que combinara representación ciudadana y representación estatal.

Eso explica por qué el sistema electoral existe como lo conocemos. Sin embargo, explicar una institución no equivale necesariamente a justificarla.

La pregunta democrática permanece abierta. Porque el hecho de que un mecanismo tenga una lógica histórica no elimina los interrogantes sobre sus consecuencias. Y una de ellas sigue siendo evidente: un candidato puede llegar a la presidencia sin haber obtenido la mayor cantidad de votos ciudadanos.

El valor democrático de la igualdad del voto

Quizá una de las razones por las que el sistema estadounidense resulta difícil de comprender para muchos mexicanos es que nuestra experiencia democrática ha enfatizado otro principio: que cada ciudadano debe tener exactamente el mismo peso en la decisión nacional.

Cuando un mexicano deposita su voto para presidente, espera que ese sufragio tenga el mismo valor que cualquier otro voto emitido en el país. No importa si proviene de una entidad pequeña o grande. No importa si procede de una zona rural o urbana. Lo que importa es la igualdad política de los ciudadanos.

Por eso el principio de “un ciudadano, un voto” posee una enorme fuerza intuitiva. No requiere conocimientos constitucionales complejos. No exige comprender equilibrios federales históricos. Simplemente expresa una idea de igualdad que resulta fácil de entender y de defender.

Una discusión que sigue abierta

La verdadera lección quizá no sea decidir cuál de los dos países posee el sistema perfecto. Probablemente ninguno lo tenga. La enseñanza más interesante consiste en comprender que ambos sistemas intentan responder a preguntas distintas.

México privilegia la igualdad política de los ciudadanos en la elección presidencial. Estados Unidos intenta equilibrar esa igualdad con la representación de los estados que integran la unión.

Ambas opciones tienen ventajas, fortalezas, costos y tensiones. Por ello, la discusión sobre la existencia del Colegio Electoral no debería reducirse ni a una defensa automática ni a una condena automática.

Lo importante es reconocer qué valores busca proteger cada modelo. Y también reconocer que las preguntas democráticas más importantes siguen abiertas.

¿Debe prevalecer siempre la voluntad de la mayoría de los ciudadanos?

¿O una federación puede justificar mecanismos destinados a proteger el peso político de las entidades federativas que la integran?

La respuesta no es sencilla. Pero comprender la pregunta ya representa un avance. Porque las democracias no se fortalecen cuando convierten sus instituciones en mitos. Se fortalecen cuando son capaces de explicarlas, comprenderlas y someterlas a reflexión.

Quizá algún día Estados Unidos evolucione hacia un sistema donde el principio de “un ciudadano, un voto” tenga un peso aún mayor en la elección presidencial. Para que eso ocurra tendrían que cambiar muchas cosas: la manera en que los estadounidenses entienden su federación, el papel de los estados dentro de ella y la propia interpretación de su historia constitucional.

Pero también es posible imaginar el camino contrario. Quizá algún día México fortalezca el carácter federal de la República hasta el punto de considerar necesario otorgar un mayor peso político a las entidades que la integran. En ese escenario, mecanismos que hoy nos parecen extraños podrían comenzar a verse de otra manera.

Las instituciones no nacen en el vacío. Son respuestas históricas a problemas históricos. Y los problemas cambian. Por eso las democracias no son piezas terminadas, sino construcciones en permanente evolución.

La pregunta no es solamente cómo elegimos hoy, sino cómo elegiremos mañana.

Porque la historia nunca se acaba de escribir.

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here