El mercado de las drogas no desaparecería eliminando el narcotráfico en México 

Dibujo minimalista a lápiz que representa a México y Estados Unidos conectados por flechas circulares entre dinero, consumo y producción clandestina, simbolizando la relación entre demanda de drogas, mercado ilegal y crisis del fentanilo.
Ilustración conceptual sobre la relación entre consumo masivo, mercado ilegal y narrativas geopolíticas en torno al fentanilo y el narcotráfico entre México y Estados Unidos.

Hay una pregunta de fondo que rara vez ocupa el centro del debate sobre el fentanilo en Estados Unidos: si mañana desaparecieran por completo los cárteles mexicanos ¿desaparecería también el gigantesco mercado estadounidense de drogas? La respuesta es evidente. No.

Sin embargo, gran parte de la narrativa política contemporánea en Washington sigue construyéndose sobre la idea de que el problema fundamental está afuera, donde está el país productor a quien consideran un enemigo externo y amenaza que cruza fronteras. En Estados Unidos se habla de una sustancia que “entra” a Estados Unidos como si el fenómeno existiera independientemente de la sociedad que la consume.

Las propias estadísticas estadounidenses obligan a formular el problema de otro modo. De acuerdo con datos recientes de organismos federales estadounidenses, decenas de millones de personas consumen algún tipo de droga ilícita en Estados Unidos cada año

La marihuana, por ejemplo, se reporta consistentemente como la droga ilícita más consumida en Estados Unidos. En 2024, se estimaba que cerca de 137 millones de personas habían consumido marihuana alguna vez en su vida, con más de 17 millones de usuarios diarios o casi diarios. Pero incluso descontando la marihuana del escenario de consumo de drogas, el tamaño del mercado seguiría siendo inmenso. 

El consumo de estupefacientes en Estados Unidos no es un fenómeno marginal ni de pequeños nichos clandestinos: se trata, por el contrario, del mayor mercado de consumo de drogas ilícitas del planeta.

Primer Silogismo: por qué hay oferta

Y ahí aparece el primer silogismo social. Si existe una demanda gigantesca, constante y multimillonaria, inevitablemente surgirá una oferta dispuesta a abastecerla. Entonces si Estados Unidos posee una demanda gigantesca, constante y multimillonaria de drogas. Es inevitable que haya países que la produzcan y la ofrezcan. 

Sí la droga no viene de México, vendrá de otro país. Y si no la provee otro país, se producirá internamente. Pero un mercado tan grande y tan millonario no se quedará sin proveedor. Esa es la lógica del mercado que provoca la demanda.

La lógica parece demasiado simple, pero precisamente por eso resulta difícil desmontarla. Pero cuidado, decir esto no exonera a las organizaciones criminales. No romantiza a los traficantes, ni niega el daño devastador que producen las drogas sintéticas. Lo que cuestiona es otra cosa: la simplificación geopolítica del fenómeno.

Porque la narrativa dominante suele formularse con la frase “el país productor envenena a Estados Unidos”. Pero esa formulación desplaza silenciosamente el problema más importante: el alto consumo en la población. Al mismo tiempo, convierte al consumidor en víctima pasiva y al proveedor externo en origen absoluto del fenómeno. La demanda desaparece del análisis o queda reducida a un dato secundario.

Sin embargo, los mercados no funcionan así. Un mercado ilegal no existe solamente porque alguien vende. Existe porque hay quien compra. Y cuando el volumen de consumidores es gigantesco, la presión económica para abastecerlo se vuelve prácticamente inevitable.

La historia misma del narcotráfico demuestra esta dinámica. Cuando una ruta cae, aparece otra. Cuando un proveedor desaparece, otro ocupa el espacio. Cuando una sustancia se controla, surge una variante química nueva. Colombia, Canadá, India, China, Afganistán, México, laboratorios domésticos, opioides farmacéuticos, drogas sintéticas: el mercado muta porque la demanda persiste.

Estados Unidos conoce bien ese fenómeno. Durante años existieron laboratorios clandestinos de metanfetamina dentro de su propio territorio. La actual crisis de opioides tuvo un origen parcialmente interno, vinculado al uso masivo de analgésicos legales promovidos por farmacéuticas estadounidenses. 

Antes de que el fentanilo se convirtiera en herramienta política, ya existía un ecosistema de consumo, dependencia y mercado negro profundamente arraigado.

Segundo Silogismo: el mercado no desaparece

Así surge Un segundo silogismo todavía más perturbador. Si no se altera el mercado consumidor, es decir mientras no haya políticas públicas tangibles para reducir significativamente el consumo de drogas, la eliminación de un proveedor no elimina el mercado. Luego entonces, eliminar un proveedor externo no garantiza la desaparición del narcotráfico. La conclusión no implica resignación. Implica reconocer que el fenómeno es más profundo que la narrativa fronteriza.

Y aquí aparece uno de los temas más delicados de todo el análisis: las evidencias públicas.

En el debate político estadounidense suele afirmarse casi como verdad concluida que México produce el fentanilo que consume Estados Unidos

Lo dice el presidente de ese país, lo dice el secretario de gobierno, lo dice el mando militar. Pero cuando se observan las evidencias públicamente mostradas, el panorama se vuelve más ambiguo de lo que suele admitirse.

Es verdad que existen decomisos, existen laboratorios clandestinos, existen pastillas, químicos, reactores y redes criminales. Pero hasta ahora las pruebas documentales, técnicas o fotográficas no permitan demostrar con claridad que la infraestructura clandestina en México corresponda, en escala y capacidad, al gigantesco mercado estadounidense de consumo.

Las imágenes difundidas muestran instalaciones improvisadas, pequeñas cocinas clandestinas, decenas de tambos, reactores rudimentarios y zonas de procesamiento. Eso prueba actividad criminal, pero no prueba una capacidad industrial equivalente al tamaño del mercado que se pretende explicar.

Una cosa es afirmar que existen organizaciones criminales asentadas en México vinculadas al tráfico de drogas sintéticas, y otra muy distinta es que México tenga la infraestructura suficiente para ser el gran productor responsable de la crisis estadounidense.

Afirmar que México envenena a Estados Unidos tiene implicaciones geopolíticas enormes que permiten justificar presiones diplomáticas, discursos de intervención, señalamientos de “narcogobierno” e incluso insinuaciones de invasión militar. Por eso, para llegar a la verdad, el nivel de exigencia probatoria debería ser extraordinariamente alto.

Narrativa más que evidencias

Ahí es donde la narrativa se vuelve estratégica. Cuando un problema interno puede políticamente convertirse en externo, el costo doméstico disminuye. El enemigo aparece afuera. La frontera se convierte en escenario simbólico. La soberanía del vecino empieza a ser vista como obstáculo y no como principio internacional.

Y entonces el debate deja de ser solamente sobre drogas y comienza a ser sobre poder, porque si el principio termina siendo: “un país puede intervenir o presionar extraordinariamente a otro porque desde ahí surge una amenaza criminal que afecta a su población”, entonces la discusión ya no es únicamente sanitaria o policial. Ahora es geopolítica.

La pregunta de fondo no es si México debe combatir al crimen organizado. Evidentemente debe hacerlo y lo hace. Tampoco la pregunta es si existen redes criminales vinculadas al tráfico de drogas sintéticas, porque es un hecho que existen.

La pregunta verdaderamente es otra: ¿puede explicarse la crisis estadounidense de consumo de drogas únicamente desde la existencia de proveedores externos? Y la respuesta más honesta es no. Porque mientras exista un mercado gigantesco, rentable y persistente, el problema seguirá buscando nuevas rutas, nuevos proveedores y nuevas formas de supervivencia. 

El mercado ilegal no desaparece solamente destruyendo al proveedor. A veces el mercado ilegal cuando es golpeado, se adapta y se fortalece. Por eso la crisis del fentanilo no puede entenderse únicamente como un problema mexicano. Ni siquiera únicamente como un problema criminal.

La crisis del fentanilo es también el espejo de una sociedad estadounidense que, aun teniendo uno de los mayores niveles de desarrollo económico del planeta, no ha logrado resolver las condiciones sociales, culturales, emocionales y económicas que sostienen una demanda de drogas tan vasta que termina reorganizando mercados enteros más allá de sus propias fronteras.

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